Señor, socórreme

Una mujer cananea. . . , acercándose, se postró ante él. . . “Señor, socórreme. . . también los cachorros comen de las migajas. . . ” Jesús le dijo: “¡Oh mujer, grande es tu fe!” “Hágase contigo como tú quieres”.(Mt 15, 22 s.)

La siguiente meditación es proporcionada por Miles Christi:

  1. La oración debe ser humilde. Primeramente, reconocer nuestra miseria. Quien se ahoga, pide socorro. Sin esta humildad, la oración sería un cumplimiento. Y reconocer también que,
    por nuestros pecados, no merecemos las gracias. Pero creer, sobre todo, en la bondad del Señor. Es entonces cuando brota espontánea la oración desde lo más hondo de nuestro interior.
    Oración humilde, no rutinaria, porque se sabe lo que se necesita.
    ¿Es humilde mi oración. . . ?
  2. El Señor escucha siempre. Su bondad está dispuesta a dárnoslo todo aún antes de que se lo pidamos. Pero no nos puede dar
    lo que resbalaría en nuestro interior y se perdería. Por eso espera que se esponje nuestro corazón para recibir el agua de la gracia. Y nos ayuda para ello. Sólo espera nuestro ademán más insignificante para darnos con creces lo que necesitamos.
    ¿Puede el Señor alabar mis disposiciones personales para rezar. . . ?